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martes, 13 de marzo de 2012

La filosofía como creación de conceptos




Mientras haya necesidad de crear conceptos, habrá filosofía, pues esa es su definición. Los conceptos no nos esperan ya acuñados: hay que crearlos. Entonces, se crean en función de problemas. En fin, los problemas evolucionan. Así que no faltan motivos... claro, uno puede ser platónico, uno puede ser leibniziano, aún hoy, en 1989, uno puede ser todo eso, uno puede ser kantiano: ¿qué quiere decir esto? Quiere decir que uno estima que algunos, no todos, sin duda, que algunos problemas planteados por Platón siguen siendo válidos a costa de algunas transformaciones. En ese momento, uno es platónico, y sigue utilizando conceptos platónicos. Si planteamos problemas de naturaleza completamente diferente, a mi modo de ver no hay casos en los que no encontremos, entre los grandes filósofos, uno o varios grandes filósofos que tengan algo que decirnos sobre los problemas transformados de hoy. Pero hacer filosofía es crear nuevos conceptos en función de los problemas que se plantean hoy. Entonces, el último aspecto de esta cuestión tan larga sería evidentemente: ¿qué es la evolución de los problemas? ¿Qué vela por esa evolución? Bueno, siempre puedo decir que se trata de fuerzas históricas, sociales, sí, de acuerdo. Pero hay en ello algo más profundo, muy misterioso –pero bueno, no tenemos tiempo. Pero yo creo en una especie de devenir del pensamiento, de evolución del pensamiento, que hace que no sólo no se planteen los mismos problemas, sino que no se plantean de la misma manera. Un problema puede plantearse de varias maneras sucesivas, de tal suerte que haya un llamamiento urgente, como una gran corriente de aire, que apela a la necesidad permanente de crear, de recrear nuevos conceptos. Hay una historia del pensamiento que no se reduce a la influencia sociológica o a la influencia... Hay todo un devenir del pensamiento que es algo muy misterioso y que habría que lograr definir, y que hace que tal vez no pensemos hoy de la misma manera que... hace cien años. Me refiero a procesos de pensamiento, a elipses de pensamiento: el pensamiento tiene su historia. Hay una historia del pensamiento puro. Entonces, para mí hacer filosofía es exactamente eso: a mi modo de ver, la filosofía nunca ha tenido más que una función; no tiene ninguna necesidad de ser superada, ya que tiene su función.

Gilles Deleuze

domingo, 1 de mayo de 2011

Duda cartesiana y dualismo antropológico

René Descartes
Cuando ya dudó de todo cuanto podía dudar, de sus sentidos, de si estaba dormido o despierto, y cuando hasta supuso que un genio maligno lo engañaba en creer que todo a su alrededor era real, Descartes afirma haber encontrado un principio indubitable: su propio pensamiento, lo que garantiza su existencia, su verdad, su realidad. “Pienso, entonces existo”, afirma. Todo lo que buscaba era este punto fijo e indubitable, que le mostrara algo permanente y seguro en las ciencias (recordemos que es un momento en que todas las verdades hasta ese momento conocidas caen por tierra). Por eso la filosofía de Descartes es una filosofía de la certeza, cuyo método es la duda. La claridad y distinción de las ideas es lo que Descartes busca para fundar un conocimiento cierto. La vía de acceso es la razón, por eso se trata de un racionalismo, en oposición del empirismo que tiene como fuente a los sentidos. La entronización de la Razón como garante y fundamento, muestra la evidencia del cogito como criterio de verdad. La Razón, finalmente, no sólo será garante y reguladora en el plano del conocimiento, sino también en las hipótesis de surgimiento del Estado: no vivimos en un mundo salvaje, en el que el hombre es la amenaza para el otro hombre, gracias a la Razón que nos lleva a realizar un pacto o contrato.

Por otro lado, el racionalismo cartesiano trae consigo una cuestión antropológica que continúa otras tradiciones: el dualismo entre cuerpo y alma. No sólo se trata de un dualismo, sino de la reducción a “una cosa que piensa”.

“Yo no soy esa reunión de miembros que se llama cuerpo humano”. (…) “Yo no soy, pues, habando con precisión, más que una cosa que piensa, es decir, un espíritu, un entendimiento o una razón” (…) “así yo soy una cosa verdadera y verdaderamente existente”.
Se trata de un yo reducido a la conciencia. Este punto es el que resulta revolucionario posteriormente con la filosofía de la sospecha: la sospecha, propiamente, de la conciencia; Freud, como Nietzsche, hablando de instintos y descubriendo el inconciente.

Ahora bien, luego del ejemplo de la cera, se pregunta

“¿No me conozco a mí mismo, no solamente con mucha más verdad y certeza, sino aun con mucha más distinción y claridad?”
Como vemos, aquí el conocimiento de sí mismo no tiene la misma connotación que en la Antigüedad Clásica: ya no se trata de un ocuparse de sí mismo, mediante técnicas o prácticas de sí en las que el sujeto hace suya una verdad que lo transforma, sino que el conocimiento de sí es la sola conciencia de pensar. Todo el conocimiento moderno se funda en esta conciencia del yo.

[En la página Recursos (click), encontrarán algunas relaciones entre el problema cartesiano de distinguir sueño y realidad y las películas Matrix y El Origen.]