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martes, 10 de abril de 2018

Hypomnémata: una práctica de sí.




FOUCAULT. La escritura de sí (fragmento). En: Estética, ética y hermenéutica. Barcelona, Paidós,  1999. (pp.291-294).

"Ninguna técnica y ninguna habilidad profesional pueden adquirirse sin ejercicio; tampoco se puede aprender el arte de vivir, la téchne tou biou, sin una áskesis que hay que considerar como un entrenamiento de sí por sí mismo: éste era uno de los principios tradicionales a los que, desde mucho tiempo antes, los pitagóricos, los socráticos y los cínicos le habían concedido una gran importancia. Más bien parece que entre todas las formas adoptadas por este entrenamiento (que suponía abstinencias, memorizaciones, exámenes de conciencia, meditaciones, silencio y escucha del otro), la escritura -el hecho de escribir para sí mismo y para algún otro (autrui)- hubiera empezado a desempeñar bastante más tarde un papel considerable. En todo caso, los textos de la época imperial que se refieren a las prácticas de sí otorgan a la escritura un amplio espacio. Hace falta leer, decía Séneca, pero también escribir. Asimismo Epicteto, a pesar de impartir sólo una enseñanza oral, insiste en varias ocasiones en el papel de la escritura como ejercicio personal: se debe «meditar» (meletán), escribir (gráphein) y entrenarse (gymnázein); «Ojalá me sorprenda la muerte teniendo esto en el ánimo, escribiendo esto, leyendo esto!». O incluso: «Ten esto a mano de día y de noche: esto has de escribir, esto has de leer, sobre esto has de dialogar contigo mismo; decirle a otro (...). Y luego, si sucede alguna cosa de las que llaman indeseables, lo primero que te alivie al punto será que no era imprevisto».' En estos textos de Epicteto, la escritura aparece regularmente asociada a la «meditación», a ese ejercicio dei pensamiento sobre sí mismo que reactiva lo que sabe, vuelve a hacer presentes para sí un principio, una regla o un ejemplo, reflexiona sobre ellos, los asimila y se prepara para afrontar lo real. Pero vemos también que la escritura está asociada de dos modos diferentes al ejercicio de pensamiento. Uno adopta la forma de una serie «lineal»: va de la meditación a la actividad de la escritura y de ésta al gymnazein, es decir al entrenamiento en situación real y a la prueba: trabajo de pensamiento, trabajo mediante la escritura, trabajo en realidad. EI otro es circular: la meditación precede a las notas que permiten la relectura que, a su vez, relanza la meditación. En cualquier caso, sea cual sea el ciclo de ejercicio en el que se sitúa, la escritura constituye una etapa esencial en el proceso al que tiende toda áskesis: a saber, la elaboración de discursos recibidos y reconocidos como verdaderos en principias racionales de acción. La escritura como elemento dei entrenamiento de sí, tiene, para utilizar una expresión que se encuentra en Plutarco, una función ethopoiética: es un operador de la transformación de la verdad en éthos.

Esta escritura ethopoiética, tal como se muestra a través de los documentos de los siglos I y II, parece haberse alojado en el exterior de dos formas ya conocidas y utilizadas con otros fines: los hypomnémata y la correspondencia.

Los HYPOMNÉMATA

Los hypomnémata, en sentido técnico, podían ser libros de cuentas, registros públicos, cuadernos individuales que servían de ayuda- memoria. Su uso como libra de vida, como guía de conducta parece haber llegado a ser algo habitual en todo un público cultivado. En ellos se consignaban citas, fragmentos de obras, ejemplos y acciones de los que se había sido testigo o cuyo relato se había leído, reflexiones o razonamientos que se habían oído o que provenían dei propio espíritu. Constituían una memoria material de las cosas leídas, oídas o pensadas, y ofrecían tales cosas, como un tesoro acumulado, a la relectura y a la meditación ulteriores. Formaban también una materia prima para la redacción de tratados más sistemáticos, en los que se ofrecían los argumentos y medias para luchar contra un defecto concreto (como la cólera, la envidia, la charlatanería, la adulación) o para sobreponerse a determinada circunstancia difícil (un duelo, un exilio, la ruina, la desgracia). Así que, cuando Fundano solicita consejos para luchar contra las agitaciones del alma, y Plutarco en ese momento apenas dispone de tiempo para componer un tratado en la buena y debida forma, le envía sin mayores pretensiones los hypomnémata que él mismo ha redactado sobre el tema de la tranquilidad dei alma: al menos así es como presenta el texto del Peri euthymias. ¿Modestia fingida? Sin duda se trata de una manera de justificar eI carácter algo deslavazado dei texto; pera hay que ver también en ello una indicación de lo que eran estas cuadernos de notas - así como del uso que debía procurarse al propio tratado que conservaba algo de su forma original.


Estos hypomnemata no se deberían considerar como un simple apoyo para la memoria, que se podrían consultar de vez en cuando, SI se presentara la ocasión. No están destinados a suplantar eventualmente el recuerdo que flaquea. Constituyen más bien un material y un marco para ejercicios que hay que efectuar con frecuencia: leer, releer, meditar, conversar consigo mismo y con otros, etc. Y eso con el fin de tenerlos, como dice una expresión que se repite a menudo, prócheiron ad manum, in promptu. «A mano», por tanto, y no simplemente en el sentido de que cabría recordárselos a la conciencia, sino en eI de que se deben poder utilizar, tan pronto como sea preciso, en la acción. Se trata de constituirse un lógos bioéthicos, un bagaje de discursos capaces de socorrer, susceptibles -como dice Plutarco- de alzar por sí mismos la voz y de acallar las pasiones como un amo que con una sola palabra aplaca eI gruñido de los perros. Para eso hace falta que no se limiten a estar simplemente colocados como en un armario de recuerdos, sino profundamente implantados en el alma, «clavados en ella» dice Séneca, y que así formen parte de nosotros mismos. En resumen, que eI alma los haga no solamente suyos, sino que los haga sí misrna. La escritura de los hypomnémata es una importante estación de enlace en esta subjetivación del discurso.

Sin embargo, por muy personales que sean, estas hvpomnémata no deben ser considerados como diarios íntimos, o como esos relatos de experiencia espiritual (tentaciones, luchas, caídas y victorias) que encontraremos en la literatura cristiana ulterior. No constituyen un «relato de sí mismo», no tienen como objetivo hacer surgir a la luz dei día los arcana conscientiae cuya confesión -oral o escrita- tiene valor purificador. EI movimiento que pretenden efectuar es inverso a éste: se trata, no de perseguir lo indecible, no de revelar lo oculto, no de decir lo no dicho, sino, por el contrario, de captar lo ya dicho; reunir lo que se ha podido oír o leer, y con un fiin, que es nada menos que la constitución de si.

Los hypomnémata han de situarse de nuevo en eI contexto de una tensión muy sensible en la época: en el interior de una cultura fuertemente marcada por lo tradicional, por el valor reconocido a lo ya dicho, por la recurrencia del discurso; mediante la práctica dei citar bajo el sello de la antigüedad y de la autoridad se desarrollaba una ética muy explícitamente orientada por el cuidado de sí hacia objetivos bien definidos, tales como retirarse, alcanzarse a sí mismo, vivir consigo mismo, bastarse a sí mismo, beneficiarse y gozar de sí. Tal es, sin duda, el objetivo de los hypomnémata: hacer ~e la recolección del lógos fragmentario y transmitido por la enseñanza, por la escucha o por la lectura, un medio para el establecimiento de una relación de uno consigo mismo lo más adecuada y acabada posible. Ahí radica, para nosotros, algo paradójico: ¿cómo situarse en presencia de sí mismo mediante el auxilio de discursos intemporales y recibidos un poco de todas partes? De hecho, si la redacción de los hypomnémata puede contribuir a la formación de sí a través de estos lógoi dispersos, eso obedece a tres razones principales: a los efectos de limitación debidos a la ligazón de la escritura con la lectura, a la práctica regulada de la disparidad que determina las elecciones y a la apropiación que ésta efectúa."


domingo, 17 de abril de 2011

Palabras del estoicismo



"¿Qué hay de grande aquí abajo? ¿Cubrir los mares con nuestras flotas, plantar nuestras enseñas en las orillas del mar Rojo y, cuando ya no queda tierra para nuestras devastaciones, errar por el océano en busca de playas desconocidas? No: es haber visto todo este mundo con los ojos del espíritu, es haber obtenido el triunfo más hermoso, el triunfo sobre los vicios. Incontables son los hombres que se hicieron amos de ciudades y naciones enteras; pero ¡qué pocos lo fueron de sí mismos! ¿Qué hay de grande aquí abajo? Elevar el alma por encima de las amenazas y las promesas de la fortuna; no querer esperar de ésta nada que sea digno de nosotros. ¿Qué tiene ella, en efecto, que debamos anhelar, cuando nuestras miradas, al volver el espectáculo de las cosas celestes a la tierra, no encuentran en ésta más que tinieblas, como cuando se pasa de un claro día a la sombría noche de los calabozos? Lo grande es un alma firme y serena en la adversidad, que acepta todos los acontecimientos como si los deseara ¿No deberíamos desearlos, en efecto, si supiéramos que todo ocurre por los decretos de Dios? Lo grande es ver hacer a nuestros pies las saetas de la suerte; recordar que somos hombres; decirnos, si somos dichosos, que no lo seremos durante mucho tiempo. Lo grande es tener el alma al borde de los labios y presta a partir; entonces somos libres no por derecho de ciudadanía, sino por derecho de naturaleza"
SÉNECA


"La filosofía no promete asegurar nada externo al hombre: en otro caso supondría admitir algo que se encuentra más allá de su verdadero objeto de estudio y materia. Pues del mismo modo en que el material del carpintero es la madera, y el del escultor, bronce, el objeto del arte de vivir es la propia vida de cada cual".
EPICTETO

¿Qué opiniones les merece estas palabras que nos llegan desde el estoicismo? ¿Pueden vincularlas con lo que Foucault denomina "prácticas de sí" o "arte de vivir" en el texto "La escritura de sí", y en el marco de la la "inquietud de sí" o "cuidado de sí" que leímos en La hermenéutica del sujeto? ¿De qué manera?

jueves, 7 de abril de 2011

Sujeto y verdad: “conócete a ti mismo” e “inquietud de sí”



Para los griegos, Delfos era el ombligo del mundo, donde se habían reunido las dos águilas enviadas por Zeus desde los bordes opuestos de la circunferencia de la Tierra. Allí se consagraba el culto a Apolo, y la pitia o pitonisa pronunciaba sus augurios. “Conócete a ti mismo” (gnothi seauton) eran las palabras escritas sobre el oráculo. El oráculo délfico se convierte en fundador, en la historia del pensamiento occidental, de las relaciones entre “sujeto” y “verdad”.

Sin embargo, en su curso en el Collège de France de 1982, La hermenéutica del sujeto, Michel Foucault decide investigar las relaciones entre subjetividad y verdad a partir de otra noción, la de “inquietud de sí mismo” (epimeleia heautou), que designa el “ocuparse” o “preocuparse de sí”, y se relaciona con una serie de prácticas y acciones que uno ejerce sobre sí mismo.

Foucault concibe la inquietud de sí mismo como una actitud general, una manera determinada de atención, de mirada sobre lo que se piensa y lo que sucede en el pensamiento. Implica también acciones que uno ejerce sobre sí, mediante las cuales se hace cargo de sí mismo, se modifica, se purifica, se transforma y transfigura. En síntesis, es una actitud con respecto de sí mismo, con respecto a los otros, y con respecto al mundo.

El ocuparse de sí tiene como ancestro en la Grecia arcaica una serie de prácticas que Foucault reúne bajo el nombre de “técnicas de sí” o “tecnologías de sí”. Por éstas entiende “prácticas meditadas y voluntarias mediante las cuales los hombres no sólo fijan reglas de conducta, sino que procuran transformarse a sí mismos, modificarse en su ser singular y hacer de su vida una obra”.

El precepto griego del famoso oráculo de Delfos “conócete a ti mismo” estaba en la Antigüedad Clásica ligado al precepto de la inquietud de sí. Por aquél no se entendía, como luego, una búsqueda en la interioridad o reflexión sobre sí mismo; la fórmula no era el autoconocimiento como fundamento moral o religioso. Era un precepto práctico de atención a uno mismo, y por eso se asocia con el cuidado u ocupación de sí, que tiene como fin la transformación del sujeto.

Las cuestiones “¿cómo tener acceso a la verdad?” y “¿cuáles son las transformaciones necesarias en el ser mismo del sujeto para tener acceso a la verdad?” se encontraban vinculadas en la Antigüedad. Filosofía y espiritualidad, de algún modo, iban juntas.

“Llamemos “filosofía” la forma de pensamiento que se interroga acerca de lo que permite al sujeto tener acceso a la verdad, la forma de pensamiento que intenta determinar las condiciones y los límites del acceso del sujeto a la verdad. Pues bien, si llamamos “filosofía” a eso, creo que podríamos llamar “espiritualidad” la búsqueda, la práctica, la experiencia por las cuales el sujeto efectúa en sí mismo las transformaciones necesarias para tener acceso a la verdad”

Luego, en la historia del pensamiento occidental la noción de inquietud de sí fue desplazada o reabsorbida por la noción délfica del conócete a ti mismo. El encubrimiento de la inquietud de sí por el conócete a ti mismo obedece a las modificaciones en las relaciones entre sujeto y verdad, que partir del “momento cartesiano” y de acuerdo al modo en que el pensamiento rehizo su propia historia, situó el punto de partida en la evidencia del cogito. Descartes con su célebre frase “cogito ergo sum” (“pienso, luego existo”), señaló el autoconocimiento como principio de evidencia de lo real. La indubitabilidad de la existencia del sujeto se vuelve el acceso fundamental a la verdad.

La escisión entre el conocimiento de sí y la inquietud de sí tiene como consecuencia, para la historia del pensamiento y de la subjetividad, que el sujeto ya no tiene que transformarse para ser poseedor de la verdad; es la ruptura entre el acceso a la verdad y la exigencia de una transformación del sujeto. Sin embargo, Foucault muestra que en la historia de la filosofía esta cuestión no desapareció del todo, y que en el caso del marxismo o en el psicoanálisis están en el corazón mismo de sus reflexiones.

La sospecha de Marx, Nietzsche y Freud se situará sobre el armazón que el “conócete a ti mismo” se construyó a lo largo de varios siglos. El descubrimiento del inconciente es de gran importancia por el papel epistemológico que juega en las llamadas “ciencias del hombre”, ya que señala un principio de la anunciada muerte del hombre, es decir, la desaparición del hombre como fundamento y la desaparición de la identificación de la conciencia con la representación. Foucault es heredero de esa sospecha. La filosofía del sujeto había mostrado la identificación entre el sujeto y la interioridad o reflexión. Al enunciar la problemática de la subjetividad en términos de dispositivos de saber, de poder y de tecnologías del yo, Foucault pone de relieve una subjetividad que no es del orden de lo originario, sino del orden de la producción. Y la propuesta de realizar una historia de los acontecimientos en el pensamiento permite pensar una historia de la subjetividad deconstructiva del sujeto como fundamento.