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domingo, 8 de mayo de 2011

Hume y su crítica a la identidad de la conciencia


David Hume

"Hay filósofos qe imaginan que en cualquier momento somos íntimamente concientes de lo que llamamos nuestro yo, que sentimos su existencia y la continuación en la existencia; y están persuadidos, aún más que por la evidencia de la una demostración, de su identidad y de su perfecta simplicidad. (...) Lamentablemente, todas estas afirmaciones son contrarias a la experiencia que se presume a favor de ellas y no tenemos tal idea del yo. ¿De qué impresión, pues, puede derivarse esta idea? No puede responderse a esta pregunta sin una contradicción manifiesta y un absurdo manifiesto, y, no obstante, hay que contestarla si queremos tener una idea clara e inteligible del yo".
DAVID HUME, Tratado sobre la naturaleza humana

¿Cuál será uno de esos filósofos que Hume critica? ¿Por qué dice que no tenemos tal idea del yo?

Si leemos atentamente los fragmentos del Tratado que les hemos presentado, vemos que Hume dice no poder seguir a los filósofos metafísicos en su razonamiento de que el yo es algo simple y continuo. Más bien, Hume piensa que los seres humanos son "un haz o colección de percepciones diferentes, que se suceden entre sí con rapidez inconcebible  y están en perpetuo flujo y movimiento".

Hay una idea semejante en Spinoza, relativa a ese haz de percepciones diferentes que se mueven constantemente, y posterioremente, con la filosofía de la sospecha en el siglo XIX, es Nietzsche quien ironizará sobre la idea unitaria de un yo, y planteará la idea de que somos una "estructura social de muchas almas". Deleuze continuará también las ideas de Spinoza acerca de que somos un grupo de infinitamente pequeños en movimiento. Todos estos filósofos, como Hume, realizan una crítica a la identidad del yo.

Es claro que para Hume no hay una "identidad" o "simplicidad" en el yo, o en todo caso, que esa identidad que atribuimos a la mente del hombre es ficticia. Y se pregunta qué es lo que nos induce a asignar una identidad a estas percepciones sucesivas, y a creernos en posesión de una existencia invariable e ininterrumpida durante toda nuestra vida. Esta última cuestión, nos evidencia su escepticismo moderado: en la medida en que desconfía de la Razón y de los dogmatismos propios de la época.