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jueves, 13 de septiembre de 2012

Marx y los derechos humanos


"Los llamados derechos humanos, […] no son otra cosa que los derechos del miembro de la sociedad burguesa, es decir, del hombre egoísta, del hombre separado del hombre y de la comunidad. […] según la Declaración de los Derechos del Hombre de 1791; “La liberté consiste á pouvoir faire tout ce qui ne nuit pas á autrui.” La libertad es, por tanto, el derecho de hacer y emprender todo lo que no dañe a otro. El límite dentro del cual puede moverse todo hombre inocuamente para el otro lo determina la ley, como la empalizada marca el límite o la divisoria entre dos tierras. Se trata de la libertad del hombre como una mónada aislada, replegada sobre sí misma. […] el derecho humano de la libertad no se basa en la unión del hombre con el hombre, sino, por el contrario, en la separación del hombre con respecto al hombre. Es el derecho a esta disociación, el derecho del individuo delimitado, limitado a sí mismo. La aplicación práctica del derecho humano de la libertad es el derecho humano de la propiedad privada. […] El derecho humano de la propiedad privada es, por tanto, el derecho a disfrutar de su patrimonio y a disponer de él arbitrariamente (á son gré), sin atender a los demás hombres, independientemente de la sociedad, el derecho del interés personal. Aquella libertad individual y esta aplicación suya constituyen el fundamento de la sociedad burguesa. Sociedad que hace que todo hombre encuentre en otros hombres, no la realización, sino, por el contrario, la limitación de su libertad. Y proclama por encima de todo el derecho humano "de jouir et de disposer á son gré de ses biens, de ses revenus, du fruit de son travail et de son industrie". […] La égalité, no es otra cosa que la igualdad de la liberté más arriba descrita, a saber: que todo hombre se considere por igual como una mónada atenida a sí misma. […] La seguridad es el supremo concepto social de la sociedad burguesa, el concepto de la policía, según el cual toda la sociedad existe solamente para garantizar a cada uno de sus miembros la conservación de su persona, de sus derechos y de su propiedad. […] El concepto de la seguridad no hace que la sociedad burguesa se sobreponga a su egoísmo. La seguridad es, por el contrario, el aseguramiento de ese egoísmo. Ninguno de los llamados derechos humanos va, por tanto, más allá del hombre egoísta, del hombre como miembro de la sociedad burguesa, es decir, del individuo replegado en sí mismo, en su interés privado y en su arbitrariedad privada, y disociado de la comunidad. Muy lejos de concebir al hombre como ser genérico, estos derechos hacen aparecer, por el contrario, la vida genérica misma, la sociedad, como un marco externo a los individuos, como una limitación de su independencia originaria. El único nexo que los mantiene en cohesión es la necesidad natural, la necesidad y el interés privado, la conservación de su propiedad y de su persona egoísta".

Karl Marx

jueves, 2 de junio de 2011

Marx

Karl Marx
Para Marx (Alemania, 1818-1883) el hombre, el sujeto real era un ser perfectible. Su imaginación y potencialidad creadoras son infinitas. Sin embargo, en el momento en el que Marx escribe, se consolida el capitalismo y el desarrollo de las fábricas. Los obreros que trabaja en ellas largas jornadas pasan la mayor parte de su tiempo encerrados.

Para Marx, lo que distingue al hombre de los animales es el trabajo, el hecho y la capacidad de poder usar la razón y la imaginación para tomar un objeto de la naturaleza y convertirlo en algo nuevo: crear algo. Pero, durante el capitalismo, el hombre como obrero, no produce algo nuevo, sino que produce en serie. No produce todo el objeto, solo una parte. Eso lo obliga a repetir durante horas de la mayor parte de su vida el mismo movimiento rutinario. En este sentido, el hombre se confunde con la máquina. La película Tiempos Modernos contiene una escena que más ejemplifica esta situación (foto). El ser humano se transforma en un autómata.

Según Marx, el ser humano, en el capitalismo, está alienado, es decir, está “separado de”, “privado de”, justamente sus facultades propiamente humanas, de la imaginación y la creación, de su voluntad y de sus deseos.

El Primer Manuscrito de Karl Marx nos introduce en lo que denominó el trabajo enajenado. Con la modernidad, con la aparición del capitalismo industrial y las ideas liberales que acompañaron la constitución de los Estados-Nación, se da lugar también la reflexión de una economía política que parte del hecho de la propiedad privada, pero Marx señala que no explica su origen. La explicación que da Marx es que hay propiedad privada porque hay trabajo enajenado. Este Primer Manuscrito trabajará sobre la idea de alienación o enajenación del hombre.

¿Cuál es la idea de hombre desde la que parte Marx, y por qué el hombre se enajena en el trabajo, tal y como ha sido planteado por las sociedades capitalistas?

Marx habla del hombre como ser genérico, refiriendo con ello la conciencia que el hombre tiene de sí mismo, no sólo como individuo, sino como especie humana. Esta conciencia de sí mismo es lo que constituye al hombre como tal, así como su libertad. La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre. La actividad vital es objeto de su voluntad y de su conciencia, y esto es lo que distingue al hombre de los animales, que no distinguen su actividad de sí mismos. En este sentido, el trabajo tiene que ver con una elección y con la manipulación de la naturaleza inorgánica. El hombre puede producir libre de la necesidad física y, de acuerdo con Marx, sólo produce verdaderamente cuando está libre de esta necesidad. Esta producción del ser genérico es el trabajo sobre el mundo objetivo, y es la vida activa de la especie. El objeto del trabajo es la objetivación de la vida del hombre como especie.

Ahora bien, con el trabajo enajenado se invierte la relación del ser genérico con la actividad vital. El hombre, como ser con conciencia de sí hace de su actividad vital, de su ser, sólo un medio para su existencia. Porque con el trabajo enajenado, el trabajador pone su vida en el objeto y su vida no le pertenece ya a él sino a el objeto. Así es como el trabajador se vuelve más pobre en la medida en que produce más riqueza. El trabajador se convierte en una mercancía: se trata de la devaluación del mundo humano con el incremento de valor del mundo de las cosas. El producto de su trabajo le es ajeno, en la medida en que no le pertenece. Y si no le pertenece es porque le pertenece a otro hombre: el capitalista.

La enajenación del trabajo consiste entonces en que el trabajo es externo al trabajador, éste no se realiza en su trabajo, sino que se niega. No es un trabajo voluntario, sino impuesto, puesto que no se trata de la satisfacción de una necesidad, sino de un medio para satisfacer sus necesidades. Por último, no es su propio trabajo, sino el trabajo para otro. De esta manera, la enajenación del trabajo reduce al hombre a sus funciones animales.

Por esto, Marx afirma: “En consecuencia, el obrero no se afirma en su trabajo, sino que se niega; no se siente cómodo sino desventurado; no despliega una libre actividad física e intelectual, sino que martiriza su cuerpo y arruina su espíritu… El obrero solo tiene la sensación de estar consigo mismo cuando está fuera de su trabajo; y cuando está en su trabajo, se siente fuera de sí”.

A continuación, un video animado con el texo "Burgueses y proletarios" que tienen como bibliografía obligatoria:


Cine

Les recomendamos dos películas sobre las cuales pueden conceptualizar a partir de las lecturas de Marx:


Tiempos modernos es un largometraje de 1936 dirigido, escrito y protagonizado por el célebre actor Charles Chaplin. La película constituye un retrato de las condiciones desesperadas de empleo que la clase obrera tuvo que soportar en la época de la Gran depresión, condiciones promovidas, en la visión dada por la película, por la eficiencia de la industrialización y la producción en cadena.


Ressources humaines (en español Recursos humanos) es una película franco-británica filmada en el año 1999 dirigida por Laurent Cantet. La película relata la historia y los hechos que atraviesa Franck, un joven universitario, hijo de obreros, que vuelve a su pueblo como pasante en el departamento de recursos humanos de la misma fábrica donde trabajan su hermana y su padre. Cuando llega comienza a hacer su trabajo de la mejor manera posible, intentando integrarse no sólo a los ejecutivos sino también a los obreros. Conforme pasa el tiempo se da cuenta que los sindicalistas están muy en desacuerdo con las decisiones de los ejecutivos.


martes, 31 de mayo de 2011

FILÓSOFOS DE LA SOSPECHA: MARX, NIETZSCHE Y FREUD




La expresión «filósofos de la sospecha» fue acuñada por el filósofo francés Paul Ricoeur en 1965 para referirse a los tres pensadores del siglo XIX que desenmascaran la falsedad escondida bajo los valores ilustrados de racionalidad y verdad: Marx, Nietzsche y Freud.

Los tres expresan, cada uno desde perspectivas diferentes, la entrada en crisis de la filosofía de la modernidad, al mostrar la insuficiencia de la noción de sujeto, y al desvelar un significado oculto: Marx desenmascara la ideología como falsa conciencia o conciencia invertida; Nietzsche cuestiona los falsos valores; Freud pone al descubierto los disfraces de las pulsiones inconscientes. El triple desenmascaramiento que ofrecen estos autores pone en cuestión los ideales ilustrados de la racionalidad humana, de la búsqueda de la felicidad y de la búsqueda de la verdad.

Afirma Ricoeur que Descartes puso en duda que las cosas fuesen tal y como aparecen, pero no dudó de que la conciencia fuese tal y como se aparece a sí misma. Por el contrario, los tres maestros de la sospecha: Marx, Freud y Nietzsche, aunque desde diferentes presupuestos, consideraron que la conciencia en su conjunto es una conciencia falsa. Así, según Marx, la conciencia se falsea o se enmascara por intereses económicos, en Freud por la represión del inconsciente y en Nietzsche por el resentimiento del débil. Sin embargo, lo que hay que destacar de estos maestros no es ese aspecto destructivo de las ilusiones éticas, políticas o de las percepciones de la conciencia, sino una forma de interpretar el sentido. Lo que quiere Marx es alcanzar la liberación por una praxis que haya desenmascarado a la ideología burguesa. Nietzsche pretende la restauración de la fuerza del hombre por la superación del resentimiento y de la compasión, en una transvaloración que acabe con el peso de la tradición y permita al hombre crear valores nuevos. Freud busca una curación por la conciencia y la aceptación del principio de realidad. Los tres tienen en común la denuncia de las ilusiones y de la falsa percepción de la realidad, pero también la búsqueda de una utopía. Los tres realizan una labor arqueológica de búsqueda de los principios ocultos de la actividad consciente, si bien, simultáneamente, construyen una teleología, un reino de fines.

Marx, Nietzsche y Freud han mostrado desde diferentes puntos de vista que no hay realmente sujeto fundador ni una conciencia propia de dicho sujeto, y han señalado cómo en la base de esta noción se esconden una serie de elementos sociales, económicos e ideológicos (el ser del hombre son sus procesos de vida reales; una moralidad recibida y engendrada a partir de un resentimiento contra la vida; un inconsciente que rige los actos de la conciencia). De esta manera, el sujeto es expresión de condicionantes históricos, sociales, morales y psíquicos. La noción de conciencia, pues, pierde su pretendido carácter regulador, y se hace patente la necesidad de reconsiderar la noción clásica de interpretación, entendida como relación de la conciencia con el sentido, ya que la misma noción de sujeto debe considerarse a partir de estos elementos que lo constituyen, es decir: la historia, la moral y la estructura psíquica inconsciente.

Los filósofos de la sospecha revelan un nuevo modo de considerar la interpretación, a partir de la profundización de una sospecha acerca del lenguaje, concretamente esgrimiendo que el lenguaje nunca dice lo que las cosas son, y que las cosas comunican o "hablan" sin ser estrictamente lenguaje. Esta sospecha se dirige hacia aquél recurso de Descartes de la percepción "clara y distinta" de la conciencia, así como a la Razón (con mayúsculas) en cuanto a sus vínculos con la ciencia y la "objetividad", también puesta en entredicho. Por tanto, se deduce que es una crítica radical al sujeto como había sido entendido en su despliegue en la historia de la filosofía, como un yo unitario, indiviso, que se identifica con la conciencia, y que posee la voluntad como una facultad de la libertad.

Por esto, Foucault señala en Nietzsche, Freud, Marx, que Marx no se limita a interpretar la sociedad burguesa, sino a la interpretación burguesa de la sociedad; que Freud no interpreta el sueño del paciente, sino el relato que el paciente hace de su sueño; y que Nietzsche no interpreta a la moral de Occidente, sino al discurso que Occidente ha hecho de la moral. En todos los casos, se trata de mostrar que los discursos que cada uno analiza son ya interpretaciones y no meros objetos complicados a descifrar. El discurso burgués sobre la sociedad, el discurso occidental de la moral y el discurso del paciente sobre sí mismo son ya en sí mismos interpretaciones. Por esto dice Foucault que Marx, Nietzsche y Freud no han dado un nuevo sentido a las cosas. Sino que "han cambiado la naturaleza del signo" y modificado la manera como el signo podía ser interpretado.

Entonces, la sospecha de Marx, Nietzsche y Freud no está destinada a disolver "falsas apariencias" de la cultura, sino a mostrar de qué manera esas "apariencias" pueden expresar o producir una cierta verdad. La verdad es producida por la interpretación. ¿Qué querrá decir esto?

Marx

Marx engloba las ideologías o formas de conciencia en la superestructura; el concepto incluye cualquier forma de pensamiento como ideas, imágenes, símbolos y valores. La superestructura viene determinada por la estructura económica, que es la base real de la sociedad. Esta se compone de las fuerzas productivas y las relaciones de producción que surgen entre ellas. La ideología, la filosofía y la religión de un momento histórico dado son las que corresponden a la clase dominante y tienen como finalidad mantenerla en su situación de privilegio, justificando la estructura económica del momento (que es la relación entre opresores y oprimidos).

El hombre necesita de la religión y crea a Dios cuando es consciente de sus limitaciones, de esta forma se autoaliena porque vive en una situación de alienación en el trabajo. En la fase revolucionaria «después de descubrir la familia terrenal como el secreto de la familia sagrada, hay que aniquilar teórica y prácticamente la segunda». El error de la filosofía ha sido considerar que el hombre es un ser abstracto e individual, cuando no es más que un ser social, «la esencia humana no es algo abstracto e inmanente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales».
De este modo, cualquier ideología que no denuncie la situación de poseedores y desposeídos ayuda a mantenerla, por eso afirma Marx: «Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo».

Nietzsche

Según Nietzsche, toda la historia de la filosofía ha estado basada en una gran mentira. Los valores heredados de la Ilustración tienen como característica el rechazo a la vida. Para descubrir dónde se han invertido estos valores debemos remontarnos a la Grecia clásica, donde coexistían dos espíritus, por un lado Apolo, que representaba la racionalidad y las artes figurativas, y, por otro, Dionisos, que representaba la música, la embriaguez y el impulso vital; estos dos espíritus convivían en el mundo griego hasta que Sócrates y Platón exaltaron el intelectualismo y lo apolíneo, eliminando así media dimensión del ser humano.
La filosofía solo se ha ocupado de crear mundos ilusorios caracterizados por su inmutabilidad y estaticidad, como el Ser parmenídeo o el Mundo de las ideas platónico; «Todo lo que los filósofos han venido manejando desde hace milenios fueron momias conceptuales, de sus manos no salió vivo nada real». Todo lo que supusiera cambio o devenir era considerado como mera apariencia, de ahí la recuperación del pensamiento de Heráclito por parte de Nietzsche, el filósofo que reivindicó la existencia del cambio y el devenir.

Las explicaciones ontológicas (un mundo del verdadero ser frente a un mundo aparente) se convierten en explicaciones morales, el mundo inmutable es bueno y es alcanzable por el virtuoso, mientras que todo lo relacionado con el mundo sensible será aparente y malo por definición; de ahí que Nietzsche afirme: «todos los problemas de la filosofía no son sino un problema de valores».
Hay que desconfiar de los valores morales transmitidos por el cristianismo, propios de una moral de esclavos que tienen su origen en el resentimiento contra la vida. Pero Nietzsche va más allá e incluso pone en duda el concepto de verdad. Para ello realiza un minucioso análisis lingüístico o, como también lo denominará, genealógico. Así, descubre que se han mutado los significados originales para lo que consideramos bueno o verdadero. De aquí surge la necesidad de transmutar estos valores e instaurar una nueva axiología que afirme la vida y tenga su origen en una auténtica moral de señores.

Freud

Freud piensa que el hombre va construyendo su psique organizando unas necesidades y pulsiones en interacción con el medio familiar, social y cultural, representado esencialmente por los padres.
En el hombre se producen una serie de conflictos entre el Yo y las pulsiones sexuales. Tiene que relacionarse socialmente enfrentándose constantemente entre lo que exige la realidad, las normas morales impuestas por el Superyó y los deseos que provienen del Ello, que demandan satisfacción.

El ser humano es un sujeto histórico tanto en el ámbito social como individual. En su interior hay una lucha constante entre sus instintos, los impulsos agresivos y destructores y su ambiente cultural. Este conflicto se enmarca en lo que Freud denomina el principio de placer y el principio de realidad. El principio de placer busca lo que es placentero y huye del displacer, al tiempo que la realidad se impone socioculturalmente. En su obra El malestar en la cultura, explica Freud cómo este modelo topográfico basado en el Yo, el Ello y el Superyó es extrapolado. De ahí que afirme que la sociedad y la cultura no son para nosotros más que una combinación de pulsiones y del complejo de Edipo (por el que el niño expresa deseo hacia la madre y agresividad hacia el padre). El hombre persigue la felicidad, pero se encuentra demasiadas restricciones, por eso el ser humano es anti-social. La insatisfacción nos empuja a buscar sustitutivos en el trabajo, el arte, la ciencia, la religión o las drogas; a través de ellos no se encuentra el placer, pero al menos se evita el displacer. Según Freud: «se renuncia a un placer momentáneo, [...] pero tan solo para alcanzar por el nuevo camino un placer ulterior y seguro». De ahí que se asuman las promesas de las religiones como una renuncia al placer terrenal frente a una recompensa que «no es más que una proyección mística de esta transformación psíquica (la renuncia del placer empujado por el principio de realidad)».