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domingo, 1 de mayo de 2011

Duda cartesiana y dualismo antropológico

René Descartes
Cuando ya dudó de todo cuanto podía dudar, de sus sentidos, de si estaba dormido o despierto, y cuando hasta supuso que un genio maligno lo engañaba en creer que todo a su alrededor era real, Descartes afirma haber encontrado un principio indubitable: su propio pensamiento, lo que garantiza su existencia, su verdad, su realidad. “Pienso, entonces existo”, afirma. Todo lo que buscaba era este punto fijo e indubitable, que le mostrara algo permanente y seguro en las ciencias (recordemos que es un momento en que todas las verdades hasta ese momento conocidas caen por tierra). Por eso la filosofía de Descartes es una filosofía de la certeza, cuyo método es la duda. La claridad y distinción de las ideas es lo que Descartes busca para fundar un conocimiento cierto. La vía de acceso es la razón, por eso se trata de un racionalismo, en oposición del empirismo que tiene como fuente a los sentidos. La entronización de la Razón como garante y fundamento, muestra la evidencia del cogito como criterio de verdad. La Razón, finalmente, no sólo será garante y reguladora en el plano del conocimiento, sino también en las hipótesis de surgimiento del Estado: no vivimos en un mundo salvaje, en el que el hombre es la amenaza para el otro hombre, gracias a la Razón que nos lleva a realizar un pacto o contrato.

Por otro lado, el racionalismo cartesiano trae consigo una cuestión antropológica que continúa otras tradiciones: el dualismo entre cuerpo y alma. No sólo se trata de un dualismo, sino de la reducción a “una cosa que piensa”.

“Yo no soy esa reunión de miembros que se llama cuerpo humano”. (…) “Yo no soy, pues, habando con precisión, más que una cosa que piensa, es decir, un espíritu, un entendimiento o una razón” (…) “así yo soy una cosa verdadera y verdaderamente existente”.
Se trata de un yo reducido a la conciencia. Este punto es el que resulta revolucionario posteriormente con la filosofía de la sospecha: la sospecha, propiamente, de la conciencia; Freud, como Nietzsche, hablando de instintos y descubriendo el inconciente.

Ahora bien, luego del ejemplo de la cera, se pregunta

“¿No me conozco a mí mismo, no solamente con mucha más verdad y certeza, sino aun con mucha más distinción y claridad?”
Como vemos, aquí el conocimiento de sí mismo no tiene la misma connotación que en la Antigüedad Clásica: ya no se trata de un ocuparse de sí mismo, mediante técnicas o prácticas de sí en las que el sujeto hace suya una verdad que lo transforma, sino que el conocimiento de sí es la sola conciencia de pensar. Todo el conocimiento moderno se funda en esta conciencia del yo.

[En la página Recursos (click), encontrarán algunas relaciones entre el problema cartesiano de distinguir sueño y realidad y las películas Matrix y El Origen.]